Esta semana, lamentablemente he estado muy cerca de personas queridas que atraviesan la oscuridad de una pérdida repentina o que están a punto de estarlo y lo más seguro es que muchos de los que me leen también ¿Por qué? Porque el duelo es, quizás, la experiencia humana más inevitable y universal; pues todos estamos destinados a experimentarlo, pero además también es la más solitaria que existe.
Precisamente porque todos en algún momento viviremos este periodo oscuro es que, hoy uso este espacio para abrazar a quienes sienten que el mundo se les ha detenido. Sé que les costará creerme, pero estén seguros de que si se lo proponen, pueden ver una luz al final del túnel.
Amigos, estos días he estado muy reflexiva, tratando de descifrar ese laberinto que es el duelo. ¿Qué pasa realmente por nuestra cabeza cuando la muerte nos arrebata repentinamente un pedazo de nuestra existencia? Me lo pregunto en primera persona, porque todos hemos sentido ese frío. Pienso que, de pronto, el aire se vuelve denso, como si intentáramos respirar bajo el agua. El primer pensamiento es de una incredulidad absoluta: «Esto no puede estar pasando». Es una negación que actúa como un escudo, porque la verdad es demasiado dolorosa para ser abrazada o asimilada de golpe.
Luego, aparece el vacío. Un vacío que no es solo la ausencia física de mi madre, padre, mi hermano o mi pareja; es un vacío de identidad. «¿Qué haré yo ahora que no estás?». Los pensamientos se vuelven circulares, buscamos respuestas en el pasado, nos castigamos con los «hubiera» y nos aterra el silencio de la casa o del teléfono. ¿A quién le escribo esta tarde? ¿Ahora quién me dará ese cariño que para mí era vital?
Se siente como si me hubieran arrancado una extremidad y el cerebro siguiera mandando señales a un miembro que ya no está. Es un dolor en el alma constante, que a veces se transforma en una rabia contra el destino por haberme dejado aquí, con este peso de la ausencia.
Todas estas sensaciones son más llevaderas cuando ese ser que se va, tiene tiempo transitando el camino hacia su partida, uno incluso en momentos ruega porque cesen sus sufrimientos y sentimos alivio cuando finalmente sucede. Sin embargo, cuando los hechos pasan inesperadamente el impacto al corazón es demoledor y más si se supone que se tenía toda una vida por delante.
¿Qué dicen los especialistas tras el quebranto emocional?
Desde la psicología clínica, este proceso ha sido profundamente estudiado. La Dra. Elisabeth Kübler-Ross, pionera en el estudio del duelo, expresa que no es un camino lineal, sino una montaña rusa de etapas que se solapan. Sin embargo, estudios contemporáneos de la Universidad de Columbia sugieren que el duelo por la pérdida de un ser querido activa áreas del cerebro relacionadas con el dolor físico (la corteza cingulada anterior), lo que explica por qué literalmente «duele el alma».
¿Qué pérdida resulta más dolorosa? Los especialistas coinciden en que no existe una jerarquía del dolor, pero sociológicamente, la muerte de un hijo o una pareja joven se percibe como una «ruptura del orden natural», lo que suele complicar el proceso. Comparado con la pérdida de un empleo o un desastre natural —que son eventos traumáticos que generan un duelo por la pérdida de seguridad y estructura—, la muerte de un ser querido afecta el núcleo del apego humano. Mientras que un trabajo se puede recuperar y un hogar se puede reconstruir, el vínculo biológico y emocional con una persona es irrepetible.
El Dr. George Bonanno, experto en resiliencia de la Universidad de Columbia, ha demostrado que la mayoría de los seres humanos poseen una capacidad innata para recuperarse, pero para «salir del hoyo» es vital la validación del entorno, lo que llaman las redes de apoyo.
Mis queridos, si están transitando por un procedo tan doloroso como la muerte repentina de alguien que aman, consideren que el aislamiento es el peor enemigo del doliente; por el contrario, apoyarse en sus conocidos más cercanos y en el afecto. Ahora bien, cuando el dolor se vuelve incapacitante, les invito de forma vehemente a buscar ayuda profesional, que es lo que permite que el duelo no se convierta en un problema de salud mental, como una depresión, ataques de ansiedad o pánico.
¿Cómo transitar el túnel de la pérdida?
Escuchando durante años a expertos, e incluso a personas cercanas que siendo profesionales de la salud mental les ha tocado recientemente despedir a seres queridos de una manera abrupta, esto es lo que les puedo recomendar:
Respeta tu propio ritmo. No te presiones por «estar bien». El duelo no tiene fecha de vencimiento. Si necesitas llorar, hazlo; si necesitas silencio, tómalo. Escucharte y respetarte es el primer paso para sanar.
No te aísles, no te reprimas, habla de la ausencia. Nombrar a quien se fue mantiene vivo su legado y ayuda al cerebro a procesar la realidad. No entierres el recuerdo por miedo al dolor. Todo lo contrario, recuerda lo bonito y compártelo con otros, vive a esa persona que se fue desde la alegría y el agradecimiento de haberla tenido en tu vida.
Busca «anclas» de realidad. En momentos de caos emocional, apóyate en rutinas mínimas. Alimentarte balanceadamente pues la alimentación mejora o deteriora nuestra bioquímica cerebral, hidratarte bien y caminar un poco te mantienen conectada con la vida mientras el alma se recupera. Además, la actividad física mejorara un poco tu estado emocional. Haz algo que te guste, aunque al principio no tengas ganas.
El mejor homenaje de despedida es tu bienestar
Vive con propósito. Entiende que tu alegría no es una traición a la memoria de quien se fue. Al contrario, vivir plenamente es el tributo más alto que puedes rendir a quien te amó. Ellos querrían verte brillar, no marchitarte.
Acepta la mano extendida. Déjate cuidar. No intentes ser fuerte para los demás. Apoyarse en especialistas o en los que te rodean permite entender que tu dolor es compartido y que no estás sola en el hoyo.
Transforma el vínculo. La relación con el ser querido no termina, se transforma. Pasa de ser una relación de presencia a una de memoria y valores. Incorpora en tu vida lo que más admirabas de esa persona.
Finalmente, quiero decirte que te acompaño en este tránsito tan humano y tan difícil. Sé perfectamente que mis palabras no te van a quitar esa sensación de vacío de un plumazo, ni borrarán el extrañar la ausencia de tu ser querido. Sin embargo, te pido que confíes en que este túnel tiene una salida.
Si te permites vivir naturalmente el proceso, si dejas de exigirte una fortaleza que hoy no tienes, si fluyes y sigues estas recomendaciones basadas en la experiencia de los expertos, te prometo que el peso será un poquito más llevadero.
Date el espacio para que el tiempo, el apoyo de los tuyos y tu propia voluntad de sanar hagan su trabajo. Honra la vida que sigue latiendo en ti, porque esa es la forma más elevada de amor que puedes ofrecerle a quien ya no está. No estás solo en esto; nos tenemos los unos a los otros para volver a encontrar la alegría.
¡A tu salud!
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